La casa de Francis II
Descripción grafica de la casa
Francis: Un síndrome de Diógenes occidental.
Esto consiste en acumular mierda
pero como lo haría una familia de clase media alta en un país europeo. Es
decir, ocultando todo en los armarios de manera que para los invitados, si es
que una persona tan desordenada no los ha perdido antes, puedan entrar y deleitarse
del orden tan pulcro de la casa. Algo parecido a cambiarse de muda de
calzoncillos sin haberte duchado en semanas. No tiene sentido. Pero como esta
narración tampoco la tiene. Qué más da, caos y libre albedrio para todos
pequeños peones de nuestro creador. Oh, líder…
La curiosidad, ese defecto
congénito del humano se percató del desorden escondido en cada rincón de la
casa. Aunque para ser justos, una tortuga explorando el terreno también se
hubiera dado cuenta, tan solo había que abrir un armario para darse cuenta de
que la señora tenía serios problemas para deshacerse del pasado. Francis
parecía tranquilo entre tanta porquería, era obvio que no salía mucho de casa y había estado
revolviendo estanterías en busca de recuerdos de felicidad, o de propósitos
incompletos. Francis era alguien muy peculiar que ni Inquilina ni yo
entendíamos, bien porque no hablaba o porque era tan pálido que su presencia
pasaba completamente desapercibida.
Para nuestro creador, Francis no
pertenecía al reino de los vivos. Siempre en casa ensimismado con sus libros y
fotos de tiempos mejores, sin aprovechar el día y atormentándose por la noche.
Nuestro Dios no concede la vida para ser desperdiciada, por lo que con un
chasquido de dedos le arrebató la vasija. Pero la voluntad del ser humano a
veces triunfa sobre lo establecido, se eleva sobre montañas alanzando el reino
de las divinidades para darle un sopapo en plena geta al Creador.
Creador y Francis no se llevaban
bien desde entonces, aunque al Todopoderoso le hacía mucha gracia la actitud
molesta y entrometida del propietario de la casa. No le concedió el derecho de
quedarse a vivir, o mejor dicho pulular por la residencia, pero le divertía
tanto las bromas que gastaba a la gente que se vio obligado a dejarlo ahí a
modo de bufón. Todos los reyes tenían uno, y Él era un Dios. Y sí…
había más de un Creador de solitarios, es más, había un sinfín de Dioses
menores con lo que batirse en duelo de sables laser por la supremacía de almas
humanas a las que atormentar. O tal vez ese concepto que transmitía Creador,
que se jactaba de que no había ni Dios de su envergadura. Y sí, esta coña está
cogida con pinzas, pero vuelve a ser muy tarde y estoy cansado. Pero
pensad…podría haber separado la palabra envergadura en, EN-VERGA-DURA para
hacer un juego de palabras sexual con sables laser, pero no lo he hecho. En
parte porque hoy he ido a la Iglesia y han corregido mis modales, y en parte
porque no se me había ocurrido antes. Pero esa es otra historia.
Francis estaba juguetón a la par
que enfadado. Inquilina y yo, que aún no tengo nombre porque me niego a
llamarme a mí mismo Mendiguín por no tener trabajo, estábamos en la habitación
de Francis. También estaba Creador, pero es Omnipresente, así que me ahorro a
partir de este momento nombrarle en cada escena. Acostumbraros a contar con El
siempre, pues puede aparecer en cualquier momento y sin aviso, como hace todo
Dios que se precie y pretenda tener un mínimo de prestigio.
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