La casa de Francis I
Era un poco tarde, habíamos
quedado hace dos horas pero la reunión se alargó. No penséis que era trabajo,
no tengo esa suerte. Señora Señora y señor Hijo de Señora me acompañaron la
mayor parte de trayecto, en parte porque no sabía por dónde ir y porque les
venía de camino. Redundancias aparte, olvida el hecho de que repita palabras,
es tarde y debería estar durmiendo, que mañana me espera una larga jornada en
el sofá, cerveza en mano y ordenador en el regazo en busca de oportunidades
asalariadoras.
Señora Señora se portó como una
buena samaritana, me ofreció ayuda y contactos para encontrar trabajo
“fácilmente”. Respeto por la Señora, que ha actuado en consecuencia y ha movido
su mundillo para ayudar a un desfavorecido prácticamente anónimo. A veces
parece que tengo una flor en el culo, que todo va a salir según lo planeado,
que conseguiré un trabajo estable y enriquecedor con el que formarme como
persona y empleado, que me de mi espacio para conocer a la compañera ideal con
la que compartir mi vida, para que esta cuando sea una señora Señora pueda
ayudar a alguien como yo. Pero, aquí estoy delante del ordenador en un sofá que
no es mío, de una casa ajena, en una ciudad desconocida. Y finalmente mi flor
se marchitó. Muy pornográfico si nos ponemos minuciosos. Por cierto, Hijo de
Señora era… Un ente que ocupaba el espacio físico equivalente a un perchero y
aportaba menos que un sistema de riego en la desembocadura del amazonas. Sí, estoy
poco inspirado, vaya mierda de símil.
Me abandonaron en una parada y
llame a la Inquilina de Francis, quería saber dónde estaba su casa, que me
diera alguna indicación de cómo ir… o yo que sé… El portal y piso como hace
todo el mundo. Total, lío generado por falta de comunicación y miles de
preguntas telefónicas que podrían haberse ahorrado con una simple dirección.
Que donde estás, en un parque enfrente de tu edificio. Espera que salga a la
ventana que no te veo… No te veo, ¿dónde estás, que ves? Un qué voy a ver, el
edificio de la ubicación. Vivo en frente de un banco Santander, ve al quiosco.
Estoy ahí, a donde voy. Mira arriba. No te veo. Mas a la derecha, no izquierda,
date la vuelta, salta haz un mortal, un tirabuzón, blackflip y clava el salto.
Un lío, como el párrafo que estoy escribiendo. Locura, que sueño tengo y que
poco he aprovechado el día, que sin sentido.
En el piso de Francis me acogió
su Inquilina. Nos conocemos de poco pero su presencia genera en mi confianza y
parece que nos conocemos de toda la vida. Tal vez sea por culpa de nuestro Creador.
Por cierto, Él también estaba en el piso de Francis, y también me genera una
confianza total. En El tengo una fe inconmensurable. Esta actitud sectaria e irracional
hacia su divinidad se debe a que es nuestro Creador. Nuestro mundo estaría
vacío sin Él. La inquilina y yo no existiríamos, vagaríamos por la eternidad en
forma de almas pensantes sin corporalidad. Sin una vasija de barro donde
encerrar nuestras ideas locas y descabelladas de conseguir un trabajo normal y
tener una vida tranquila, en paz y armonía con una sociedad que nos detesta,
porque solo nosotros, y no ellos, salimos de sus manos. Oh creador
misericordioso, que con tu bondad decidiste darnos el don de la vida. Oh
todopoderoso creador, que juntaste nuestros seres solitarios en un grupo de
What´s app para olvidar la amargura de las comidas individuales, de las
raciones excesivamente grandes de pasta fresca para dos personas imposibles de
digerir por un solitario. Oh creador misericordioso, dame dormidina y acaba con
mi sufrimiento. Haz que pare este despropósito lingüístico, pues estas palabras
no ajustician la belleza tu obra.
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